03/04/09

Bar La Flaca

Me explicó que fue un viernes, una mañana en el que el sol tenía un día grande y radiaba luz a mansalva después de una noche de perros, una noche de esas que es mejor no salir porque la lluvia moja bajo los paraguas, los semáforos no funcionan y la soledad de la calle te abraza con sus lánguidos brazos, esa noche que perros aúllan empapados de agua de nubes, con fuerza y dolor, tristeza de amargura.
Ese viernes de resaca metereológica la calle se despertaba remolona, con síntomas claros de agotamiento y mal sabor de boca.
Los barrenderos limpiaban huellas de una noche eterna con ráfagas de viento y lluvia, con minuciosa limpieza borraban las huellas del crimen tempestuoso, en el suelo yacían hojas y ramas ahogadas mezcladas con trozos de plástico y ratas de cloaca. Los silencios de la mañana se rompían con levantamientos de persianas desengrasadas ennegrecidas de polución, los molinillos de café hacían de las suyas ofreciendo su peculiar sonido que te despierta del sueño solo de pensarlo, notas de cafeína y buenos días.
En el bajo del número diez de la calle La Media vivía el Sr. Pedro, un viejo cascarrabias que todo el barrio conocía, su casa era de las más viejas del barrio y él vivía allí desde pequeño, antes con sus padres y hermanos pero ahora solo, Pedro fue el pequeño de cinco hermanos y de ellos sólo le quedaban los recuerdos. Su faceta de cascarrabias la aplicaba a cualquier persona, objeto o animal, la gente de la calle La Media siempre dijo que era así por ser el último o el no deseado, su familia lo desplazó hasta hacerle invisible, dicen que lo ignoraron tanto que ni fue bautizado y por eso ese carácter no sociable, pero como en todas las habladurías hay cosas que se exageran, otras que se inventan y otras que si, son verdad pero a medias. Pedro como cada mañana salió de casa con la finalidad humana y natural de tomar su café matutino y primerizo, él como la mayoría de vecinos no había tenido una buena noche ya que esta había golpeado hasta los bajos de la ciudad, se pasó toda la noche intentando dormir sin éxito, sus persianas se sacudieron de dolor contra sus ventanas de madera despintadas por el tiempo, el viento le silbó entre las rendijas con bravura soberbia.
Pedro abrió la puerta del bar “La Flaca”, era la parada fija de Pedro cada mañana, ese bar estaba regentado por José, un señor de mediana edad que también vivía en el barrio desde que nació, José era un tipo muy delgado, casi enfermizo, las caderas sobresalían con descaro, no tenía nada de trasero y sus hombros se inclinaban hacia adelante y eran mas estrechos de lo normal, su pequeña joroba remataba su aspecto estirado, torcido, débil, de piel blanquecina y lechosa, de pelo gris marengo y cara de expresión opaca. “La Flaca” hacía esquina, y sus vidrieras llenas de grasa y humo no dejaban ver con claridad la calle, su decoración era nula y su mobiliario tenía más años que el dueño, era un bar de barrio para bebedores de cañas y vinos, puros y ducados, era un bar de telediario y futbol, cartas y dómino, allí las mujeres no asomaban el pelo, cada día en el bar “La Flaca” se resolvía el mundo y se hacían las mejores alineaciones futbolísticas existentes. Pedro como cada mañana cogió su diario y lo acompañó con un café con leche en vaso, siempre se sentaba en la misma mesa, una del fondo y solitaria, allí nadie le molestaba, estaba cerca del lavabo y lejos de la puerta de la calle, entonces sucedió algo que cambiaría todo.
Pedro sólo era un hombre solitario que no quería saber nada de nadie y se guardaba sus opiniones para el mismo, y esto hacía que la gente pensara de él cosas que no eran ciertas. Pedro era bueno pero reservado, solo quería que no se intrometieran en su vida y nada más. A “la Flaca” entró un chico forastero, nadie lo había visto jamás por el barrio y menos aún por el bar, a su entrada todos los allí presentes se giraron para verlo, queda feo, pero todo el mundo hace lo mismo. Todo el mundo calló como si hubiera habido una escabechina de lenguas, una muerte conjunta de personas frente a un enemigo que sólo con su presencia acaba con todos, sólo fueron unos segundos de silencio, pero fueron larguísimos como una parada temporal, en cuanto el chico se acercó a la barra y abrió la boca expulsando la demanda el silencio se rompió del resto como si nada, aunque las miradas de reojo iban y venían por todo el local como fuego cruzado, la desconfianza y el recelo eran claros y normales en ese barrio, y lo normal no es siempre lo correcto aunque sea la tónica de la mayoría.
Entonces el forastero se metió la mano en el bolsillo y sacó un papel, lo desplegó haciéndole una pregunta a José que le respondió señalando con el dedo a Pedro que ajeno a todo permanecía absorto en su diario y su dosis de vaca y cafeína, el forastero se acercó a Pedro con una seguridad pasmosa, y se sentó justo delante de él diciéndole: ¡Hola papá!....a Pedro se le abrieron los ojos como nunca, como una flor que después del largo invierno se abre por primera vez dispuesta a recibir la luz solar que tanto necesita, al viejo cascarrabias se le iluminaron los ojos de algo que no recordaba, los ojos se inundaron de felicidad, los ojos se empaparon de esa esperanza tan añorada que mantenía a Pedro dentro de un circulo de rabia y dolor, una brecha rompió este circulo dando una fuente de luz inmensa. Pedro no pudo más y se echó a llorar, hacía mucho tiempo que no lo hacía y motivos los tuvo, sólo tenía que mirar atrás, eso era suficiente para mojar sus ojos de agua salada.
Pedro no necesitó demasiadas explicaciones, el caso es que le daba un poco igual, lo que importaba era dejar esa soledad que impregnaba su piel de una pegajosa capa de olvidos y recuerdos que no le dejaban respirar, lo que importaba en este momento era que alguien se interesaba por él de una vez por todas, y su nombre era Jorge.

04/02/09

Ultimo baño en la playa del Varador

Frío, el frío húmedo penetraba como un ladrón a través de mi ropa. El sol todavía no se atrevía a mostrar su cara entre tanta nube oscura grande e inflada de agua, esa mañana el mar lloraba olas de sal entre rocas y arena, esa mañana que yo corria por la playa, con frío, sin una pizca de sol, con una tristeza extraña de algo que no sabía el qué, esa mañana yo me sentía rara, el mar reclamaba mis ojos con fuerte atracción, mis poros se erizaban ante aquel escalofrío de temprana hora, esa mañana alguien se dio el último baño en la playa del Varador, para alguien el 2009 sólo tuvo dieciséis días.
Fueron dos paseantes los que encontraron el cuerpo que yacía en la orilla cerca del espigón, una anciana desnuda. En seguida llegaron todos los cuerpos policiales, la policía urbana, los mossos d´esquadra, los civiles y la ambulancia, en un momento la anciana estaba rodeada de unas veinte personas, seguro que pasó la noche sola, agonizando, tragando agua, llorando pena y sal, su cuerpo flotó toda la noche hasta que el mar la abandonó con fria suavidad a la orilla.
El sol hoy no tiene fuerza, esta triste por la muerte de la anciana María, hoy la estrella nos muestra una luz tamizada, débil y clara.

La muerte de la anciana María de 82 años, puede tener tres versiones, el suicidio, el accidente o el asesinato, yo tengo esta versión de los hechos.

María como cada tarde cogía un puñado de comida para gatos y marchaba a dar un paseo por el espigón de la playa del Varador, allá la colonización de gatos es grande, viven allí a la espera de su comida, las ratas que bajan por las cloacas. Ella vivía sola y se sentía feliz con esa responsabilidad autoimpuesta y disfrutaba alimentando a sus gatos, a sus hijos como ella los llamaba. María no tenía familia, era viuda, el amor de su vida murió cinco años atrás, se llamaba Juan y no tuvieron hijos. La única felicidad de María eran sus gatos, sus hijos gatos que la esperaban cada tarde y a cambio de comida le ofrecían un ronroneo gatuno con caricias.

Ese dieciséis de Enero mientras María hacía de mamá gato, se paró a contemplar el mar con más intensidad de lo habitual, esa tarde el mar era una balsa, las olas no existían y aunque hacía frío y el viento era un tímido susurro suave que casi no se oía, a María le apeteció enormemente darse un baño, el clima era ideal y las ganas muchas, una oportunidad que no se volvería a repetir y sin mas dudas María dejó a sus gatos y fue hasta la orilla donde se desnudó y entró en el mar, estaba anocheciendo y la luna ya se reflejaba llena en el mar dando brillantes plateados. Durante un rato María disfruto de su baño, su plácido baño de mar nocturno y gozoso le acariciaba su cuerpo ya arrugado por los años, el agua estaba muy fría, pero María era fuerte, aguantaba muy bien porque estaba acostumbrada a las duchas de agua fría.
Entonces el miedo se apoderó de ella, su cuerpo entero tembló de horror, algo que flotaba tocó su espalda y horrorizada giró para ver que era, en ese momento empezó el final de su vida. Comenzó a gritar, a agitarse frenéticamente, lloraba, dejo de ver debido a la sal que le entraba en los ojos, se hundía, se ahogaba, la luna ya no brillaba plateada en la superficie, el mar ya no era una balsa, ahora las olas lo hacían todo más difícil y el agua estaba demasiado fría dejándola tiesa, casi inmóvil, su cuerpo arrugado se ponía en un tono azulado, sus fuerzas eran escasas hasta que finalmente dejó de moverse, se quedó agotada, reventada, muerta.
Lo peor de todo es que la cosa que tocó la espalda de María provocando el susto y finalmente su muerte fue una simple bolsa de basura que flotaba en el agua.

Cada día paso por la playa del Varador, la playa donde María fue asesinada por una bolsa de basura. Los gatos la esperan, tomando la fresca cada tarde en las rocas del espigón, sus queridos gatos, los gatos de la señora María.

19/01/09

Berta ( final)

Un día cualquiera en el gimnasio donde Berta practicaba algo de ejercicio se cruzó con un chico que al mirarse no se dijeron nada, sólo se limitaron a dibujar una sonrisa tímida, ese día ella no dejo de ver esa imagen en su cabeza. Durante días sucesivos se continuaron cruzando por los pasillos, el bar y otros espacios del gimnasio, Berta lo buscaba con la vista, tenía ganas de verle, de la tímida sonrisa se pasó a un saludo de viva voz.
La mirada, la sonrisa, la voz de ese desconocido permanecía en la cabeza de Berta, la mantenía ilusionada haciendo que no pasaran las horas para ir al gimnasio. ¿Por qué? Si ella vivía con Ricard y él era su pareja, ¿Qué necesidad tenía de ver al chico ese, del cual no sabía ni el nombre? esto era un gran síntoma de extinción, Berta se desenganchaba de Ricard de tal forma que se podía llamar indiferencia, la monotonía y el costumbrismo se hizo con ellos.

Berta salió una noche con su amiga Silvia, después de cenar fueron a tomar unas copas a una sala, mientras tomaban unas cervezas en la pista de baile cuando de repente el chico del gimnasio que todavía no tenía nombre apareció en el espacio visual de Berta, ella se quedó parada y la emoción de verle allí la llenó de adrenalina recorriéndole de arriba abajo, como un circuito cerrado de excitación, fue una sensación entera, una reacción algo animal porque en ese preciso instante, Berta mostró sus armas decidiendo que esa noche, aquel chico desconocido tendría nombre, olor, sabor y tacto.
Lo miró fijamente y mientras, Silvia alucinada de lo que estaba viendo se apalanco en la barra. Berta y aquel desconocido empezaron a mirarse, a dedicarse sonrisas de segundas lecturas, Berta le decía sin palabras que era suya, todo sucedía sin más y poco a poco se acercaron el uno al otro.
Bailaron concediéndose permiso para el contacto, sus perfumes se confundían con olor a deseo haciendo de ellos una burbuja de espeso olor a frutas exóticas, canela y un calor corporal difícil de soportar, tanto fue así que un beso fue robado para ser devuelto, un beso carnal y esperado, ansiado por los dos, un beso de cerveza y malta con toques de nicotina, un beso sincronizado y sin torpezas, un beso para engancharse en él y no soltarlo nunca, húmedo y caliente, un beso adictivo se quedó con Berta.

Después de ese encuentro Berta fue más infeliz que nunca, porque vivía en un mundo falso, en un pisito pequeño que ya no lo gustaba, un novio que ya no quería, un trabajo que detestaba, vivía en una constante mentira, se engañaba y ese miedo tan terrorífico la dejaba estática ante esa situación, la privaba de elegir, de escoger, de tomar decisiones. La nube de azúcar ya no existía, ahora era una nube oscura y amarga, de vino rancio, una nube le tapaba los ojos y orejas, cubriendo el corazón sin dejarla respirar. A su vez Ricard, absorbido por su trabajo no era consciente que Berta se estaba perdiendo en un túnel, y aquella chica que conoció en Madrid estaba muerta, no veía más allá de sus narices.

Berta dejo atrás aquella mujer de fresco olor a violeta, dejó atrás su piel suave y aterciopelada, lo dejo todo tras sus pasos y no se supo cuando, el caso es que Berta no era feliz, la angustia poblaba su cara que ya no era dulce y serena, ahora su rostro trazaba un mapa de amargos caminos, grietas sedientas, infinitos desiertos de piel sin vida carentes de aguas cristalinas. Sus ojos una poesía derrotada por el desalojo del amor, su pelo mostraba el abandono lánguido de cabellos abatidos de vitalidad. Berta no se sentía bien y dejaba pasar cada segundo de su vida sin ningún interés, no le importaba nada nadie y su estado empeoró cuando Ricard la abandonó.

Romper esta relación sin duda, podía haber sido para Berta un alivio, ya que ella ya no sentía nada por él, ese era el momento para salir a flote y remontar, un barco sin puerto que disponía de toda la libertad para navegar por el inmenso océano, pero Berta era una nave sin motor, velas y remos, Berta era un resto de naufragio que flotaba a la deriva esperando esa ola que la hundiera hasta el fondo del mar donde no la encontraría nadie, era un pedazo de nada, y entonces decidió marchar a un lugar donde nadie la molestara, decidió abandonar porque el océano era demasiado grande y no tenia fuerzas para mantenerse en el, ni siquiera a flote, no tenia ganas ni fuerzas, no podía mas y abrió el grifo de la bañera.
Berta agotada de todo dejó que la bañera se llenara por completo, el agua estaba bien caliente, con jabón y sales de baño, quería darse un buen baño antes de dormir, encendió unas velas y apagó la luz, así todo era más cálido, más íntimo, más silencioso. Frente al espejo permaneció un buen rato, mirándose fijamente su rostro carente de ilusión, miro a través de sus ojos e intentó buscar una chispa de luz que no la dejara marchar, pero allí no encontró nada, sólo el vacío negro de la mas profunda soledad, el agujero absoluto de lo que no existe, la mirada ausente del caminante perdido, no había nada ahí dentro por lo tanto de qué servía continuar.
Después de llenar la bañera se introdujo en ella tal cual, vestida, sólo se quitó los zapatos, se colocó bien cómoda, estaba a gusto, el agua caliente la relajaba, y la luz de las velas aun más. Cerró los ojos para no abrirlos más y dejó que su cabeza se cubriera de agua.
Aquí debajo la tranquilidad es absoluta, el miedo no existe, el agua me acaricia entera y ahora, mi silencio.

02/01/09

Berta (parte II)

Se llamaba Ricard y estaba en Madrid haciendo un curso de formación que le pagaba la empresa, vivía en Girona muy cerca de Cadaqués. Después de hablar un buen rato decidieron marchar a dar un paseo por las cercanías del hotel, Ricard que ya había estado varias veces se ofreció como guía.
Mientras paseaban nacieron miradas cómplices, de esas que dicen más que miran, roces de manos casi intencionados y risas tontas acompañaron el paseo nocturno. Pararon un momento, Ricard quería encenderse un cigarrillo y el aire le apagaba la llama, Berta acercó sus manos para proteger el fuego del aire, los veinte centímetros que separaban sus cabezas se acortó inmediatamente provocando que la electricidad subiera de voltaje, esta se desplazó por los cuerpos erizando cada milésima de piel, el ritmo cardiaco aceleró, y las miradas se perdieron produciendo un beso, el cigarro marchó de la boca y el mechero de la mano hasta impactar con el suelo.
Un beso furtivo, desconocido y delicioso, una exploración de lenguas en boca ajena que primero tímidamente y después con frenesí tocaban hasta el cielo de la boca, se despegaron con un beso sonoro y sin decir nada volvieron al hotel.
Entraron en la habitación de Ricard, un abrazo trajo un beso pero esta vez sugerente, lento y suave como un susurro en la noche, frágil y dulce, un beso de azahar y frutas exóticas endulzaba las bocas prolongándose hasta detener el tiempo que ya no existía, Berta estaba poseída por la excitación que la dotaba de calor, la humedad se hizo con ella…

Después de meses de idas y venidas de Girona a Cadaqués, a Ricard lo trasladaron de trabajo y ciudad, se mudó a Barcelona y con él, Berta. El piso donde vivían era pequeño, de una habitación y cocina-comedor, pero tenía una terraza espléndida con vistas a la montaña del Tibidabo que compensaba toda pequeñez ofreciendo cenas románticas a la luz de velas espectadoras de confesiones y largas noches de amor.
Todo iba bien, permanecían en una nube de azúcar, un mundo de dos y nada más, pero sin saber por qué las cosas empezarían a cambiar.
Dicen que las personas cambian, que el paso del tiempo no es en balde y que mientras vamos creciendo nuestros gustos y preferencias, objetivos y planteamientos también cambian, lo hacemos por dentro y por fuera, dicen que no hay dos si uno no quiere y eso mismo les pasó a Berta y Ricard.
Todo empezó a cambiar porque la monotonía se hizo dueña de sus vidas y las pasiones ajenas a su cama, el amor se transformó en costumbre y la ilusión quedó guardado en un recuerdo.
El aburrimiento y la desilusión pintó de gris su casa, aquel pequeño piso del Eixample.

Se dice que el miedo es fruto de nuestra mente por lo tanto no existe como tal, igual que lo podemos crear también lo podemos destruir, la inseguridad nos da miedo. Berta era una mujer insegura, el miedo a romper con su monotonía, a regresar con las manos vacías le condujo a la infelicidad. Cuando uno no es feliz el vaso esta siempre medio vacío y la vida se contamina de fracaso, si uno no es feliz llena sus espacios con nuevas emociones y llena de mentiras su existencia.

12/12/08

Berta (parte I)

Por fin se hizo el silencio, aquel sueño tan añorado llamó a la puerta de Berta y se quedó con ella, un silencio llamado a gritos ahogados cada madrugada, un silencio roto se apoderó de ella y la envolvió suavemente con caricias de muerte y parando su corazón cansado, Berta encontró así, el silencio eterno.

Berta,
Mi querida Berta... ¿por qué no pediste ayuda?
Todavía recuerdo el día que llegaste a tu nueva casa, yo estaba en la ventana y ahí estabas tú, en medio de la calle. Fue una mañana de otoño, llovía como nunca y el paraguas era una herramienta inútil que sólo servía para entorpecer el paso y romperse ya que el viento rabiaba fuerza, Berta llegó a su nueva casa empapada y lo hizo sola, porque sola estaba, un desamor la cambio de casa, la cambio de vida.

Tiempo atrás Berta vivía en una nube de amor enamorada de Ricard, un joven empresario con mucha proyección. Se conocieron por casualidad en un hotel de Madrid un año que Berta decidió marchar sola de viaje, nunca lo había hecho sola, y ese año lo probó, un viaje del tipo encontrarse a uno mismo, un viaje terapéutico.

Llego ya entrada la noche y la capital ya estaba encendida, sus grandes avenidas la hipnotizaron, coches, gentes, todo era tan grande…claro, ella venía de Cadaqués un pueblo pequeño de la costa catalana, un pueblo que besa el mar, acoge gaviotas, pintado de cal, de barcas blancas y azules, brisa, arroces y pintores. Madrid la sorprendió gratamente. Entró por la recepción del hotel de suelos mármol crema, lámparas modernas y una fuente que presidía este espacio de entradas y salidas marcaba un ritmo de tranquilidad, eso era lo que ella buscaba, un lugar tranquilo, después de registrarse subió a la habitación para dejar la maleta y bajo al piano-bar.

Allí el piano desprendía dulces notas que acompañaban a las velas, una melodía triste acariciaba el aire y penetraba en corazones removiendo sentimientos, notas de dulce miel para solitarios acompañantes de "Martinis" y cigarros, notas veneno amor de agridulces.
Sola en la mesa, Berta miraba fijamente su vela que quemaba firme y esbelta, dejándose llevar por la música levantó la vista y divisó en otra mesa a un tipo que habitaba solitario otra silla con mesa, coñac y vela, fumaba despacio como si quisiera alargar ese cigarro. Berta lo observaba mientras se preguntaba ¿qué hace ese tipo solo? ¿casado? ¿negocios? ¿vacaciones?, muchas preguntas y alguna conclusión mantuvieron a Berta con la mirada fija a él, hasta que provocó que éste la mirara a ella y levantándose se dirigió a su mesa.


Marta

08/11/08

Naufragio

Dicen que aquí no abrimos los ojos, pero pese a ese pequeño detalle, yo tengo que decir que puedo ver, quizás son necesarios mis ojos no desarrollados, pero no los necesito para sentir todo lo que pasa aquí a dentro, yo siento, pues veo.
Veo que el agua que me arropa es rosada y algo turbia, que flotan pequeñas partículas de algo que no identifico pero no molesta, me gusta como acarician ellas mi piel haciéndome cosquillas, este agua caliente y densa de flotación fácil, aunque eso esta por ver, tengo poco espacio y cada día menos. Veo también que estoy rodeada de oscuridad, pero fuera de este mar, ahí arriba en el techo de piel se intuyen diferentes tipos de luz que a veces son tan fuertes que molestan, cuando llega la noche la oscuridad absoluta me abraza con su silencio, que en este momento se oye más que nunca, sólo una conversación lo rompe, dos latidos de diferente procedencia cogen el turno de palabra, uno dice: bumm bumm y el otro bumm bumm, detras de cada uno llega una ola eléctrica acuática de líquido rosado y me dejo arrastrar, como barca a la deriva, pero con la seguridad de estar en buen amarre sin miedo a naufragar, bueno al menos por el momento...
Es curiosa esta manera de flotar, las burbujas me hablan al oído susurros procedentes de la lejanía, no los logro entender y pese que el silencio me rodea con ese líquido que me tapa las orejas, a veces esos susurros llegan con tal fuerza que el oleaje se hace insoportable, las olas se multiplican no dejándome indiferente, una tempestad me bombardea y yo, indefensa y desnuda, doy las gracias por este conducto que me amarra, cuando pasa esto sólo sé dar patadas, podrían tener un poco de cuidado ahí fuera, ¿no?. También hay que decir, que son mas veces la que siento que me hablan a mí directamente en un suave tono musical produciendo en mi, un efecto sedante y al mismo tiempo una sombra con forma de mano se apoya en el techo de piel, yo puedo notar el calor que desprende, ese calor penetra en mi y contiene un olor maravilloso, un olor que nunca olvidare, en verdad creo que estoy impregnada de él, como si fuese una señal de identidad.
Dicen que de lo que se come se cría, mi madre ponía la mano en su vientre escuchando Serrat, arropándome con esas manos que son únicas, ella me leía cada noche y viajábamos sin necesidad de salir de casa a cualquier lugar, que mas da, el caso era viajar juntas. También me hablaba mientras sus manos mágicas acariciaban mi rostro a través de ella sin necesidad de tocarme, con una suavidad frágil y aterciopelada, olas de amor me rodeaban, olas de mar rosada mantenían mi cuerpo caliente, hasta que un día decidí naufragar...
El motivo de mi naufragio es sencillo, yo también quería tocar, sentir con mis propias manos, palpar como es el contacto de la piel, quería ver con mis propios ojos aquel rostro, aquellas manos llenas de magia, mi madre me esperaba en una sala con demasiada luz y olores raros.
Un naufragio de doce horas algo caótico que no logro recordar, algo angustioso para las dos, pero el final en este caso es lo que cuenta y lo que cuenta no es lo que cuento, porque sólo cuenta lo que siento.
Marta

02/11/08

La niña índigo

Llegaron del espacio los llamados niños índigo, procedentes del planeta Blanco, allí sus habitantes no se comunicaban a través de la voz, sino que utilizaban todo su cuerpo para hablarse, un solo gesto o una simple mirada era suficiente. En el planeta Blanco reina la paz y la naturaleza domina sin hacer daño, el amor impregna el aire.
Un día cualquiera conocí a una niña índigo...
El sol que alto se levantaba lazaba rayos mortíferos de calor hacia el suelo, la tierra desprendía cortinas de humedad ondulada y transparente haciendo que las pequeñas libélulas rojas no pudieran avanzar a través de aquel humectante aire. La tierra, llena de arrugas de sed aguantaba estoicamente, tierra seca y polvorosa, consumida.
El viento soplaba con muchas ganas, como queriendo levantar la alfombra de polvo y arena que allí descansaba, los elementos estaban en guerra. El viento dibujaba trazos blancos al azul cielo que nunca conseguía estar solo, las nubes hablaban de historias por toda la inmensidad de aquel cuaderno azul, en colores blancos y azules varios. Por la noche, el cielo se vuelve negro y una compañía de estrellas luz iluminan el suelo como si echaran de menos al sol.
Pues allí la vi, sentada en una inmensa roca, desnuda y dejándose llevar por todo, la niña índigo desprendía paz, su lechosa piel se sonrojaba al ver al sol que la pretendía, mirada de azúcar y miel, melena larga como las sirenas de los más profundos océanos, su pelo danzaba a las órdenes del viento, entonces las partículas de polvo que viajaban a través de las corrientes, se engancharon a su piel formando una fina capa de purpurina dorada, brillante al sol, espectacular, una estrella había caído del cielo y ahí estaba en medio de la nada, la niña índigo, estrella de brillantes y terciopelo descansaba plácida y desnuda al sol.
Se convirtió en roca, suelo y minerales, en vida para espinosos matorrales. Fue viento de caricias templadas formando nubes de algodón, que acolchadas y esponjosas la recibían al descanso. Lo fue todo para no ser nada abandonó su piel y se dejó sentir, la estrella caída del cielo brillaba, irradiaba luz y se deshacía de amor.
Una mañana cualquiera.

Marta